Trascendencia de lo doméstico
- Marie
- hace 3 días
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El sol acaricia radiante y nutricio desde el este, en esta mañana de domingo. Sentada en el comedor, junto a la mesa de madera color roble claro, siento que encandila y abraza mi frente y mi torso, a través del cristal de la ventana. Las cortinas de Jacquard color beige están abiertas de par en par, enlazadas con unas borlas de lana natural. Los rayos aflojan su intensidad, cuando por unos segundos, los tapa una nube pasajera. Una de tantas que dan vida a la quietud del paisaje rural, en su paso sobre el robusto cordón montañoso tan próximo, que separa Argentina de Chile, en esta parte del hemisferio.
Saboreo las notas suaves del café peruano de autor, que traje molido del último viaje al Alto Valle. Me dejo invadir por su aroma.
Observo en lo cotidiano las rutinas que habito.
Me abrigo y salgo a buscar los leños, que acopio junto a la salamandra. Los entro en cajones, de a poco.
Alimento, y cada tanto, peino a mi pelilarga familia perruna.
Barro a diario la ceniza y los residuos ineludibles que derraman los troncos en su traslado, la tierra que se infiltra desde la calle de ripio a la cabaña, los vellos de las perras.
Elijo y cocino, a consciencia, mis alimentos y los de Alma y Bianca. Todo casero, hasta el pan de sarraceno, las tortas, las galletas de semillas, el caldo de huesos de pollo.
Sorteo con animadversión el lavado de los trastos, al igual que Agatha Christie, autora favorita en mi adolescencia. ¿Saben que ella se inspiraba durante el lavado de los platos, cuando escribió sus novelas más cruentas? Doy vueltas, hago otras actividades, hasta que resulta ineludible encarar el fregado. Algunos días, escucho el audiolibro Hábitos atómicos, y así, asumo con más ánimo lavar la vajilla no bien la utilizo. Una vez a la semana, cuento con quien delegar esta labor.
Riego las plantas de interior, sedientas por este sol estupendo que las sofoca desde los ventanales. Corto, de manera eventual, las ramas que el invierno escarcha afuera.
Cuando las temperaturas son bajo cero, activo el cable calefactor que envuelve las cañerías y mantiene el flujo del agua. Si llegan huéspedes, templo la cabaña de alquiler, lo que resulta toda una odisea. Figura remontar una temperatura similar a la una heladera, y cada tanto, si las heladas son muy intensas, la de un freezer. Aunque es un monoambiente, siempre hay que alimentar y cuidar el fuego.
Evalúo y elijo cuando es conveniente moverme en auto. Llevo una pala, las cadenas y las ruedas de barro nieve en el tren delantero, en esta época del año, en mi vida en la montaña.
Atiendo en forma constante la calefacción a leña y a electricidad, también en la cabaña que habito, el uso sostenible de cada recurso. La comodidad del gas aún no llega. Me enteré, por una vecina, que volverán a zanjear las calles. El tendido de los caños debía ir más abajo. El obrador debe rehacer todo, aún a costas de que los conductos colocados se rompan al reubicarlos y tengan, por ende, que reemplazarlos.
Compro cada semana víveres y utensilios para la casa. Tal como lo hacía papá, me encanta contar con toda clase de bártulos, aunque luego haya que limpiarlos…
Enciendo una velita en mi altar. Agrego al hornillo algún polvito o hierbas de aromaterapia. Preparo infusiones de malva, melisa, lavanda, canela y flor de Jamaica, con notas de rosa mosqueta y jengibre.
Envío a diario mensajes escritos de audio, a los seres que quiero. Nos encontramos para tomar mate, almorzar y ponernos al día. Me gusta la palabra “ser”. ¿O acaso la vida no se trata de eso? De desplegar el ser. Algunos prefieren enarbolar el tener. Como en esa película francesa del año 2001, que vi al menos tres veces: Ser o tener. Tan parecida en su contenido, a mi vida como maestra en la ruralidad.
Hago Yoga Hatha, Circular e Iyengar, con videos, cuando el frío aprieta. En verano, podemos contar con instructoras. Entonces las clases son presenciales.
Con una amiga, durante todo el año emprendemos una larga caminata, a los cerros o al lago, cuando las temperaturas lo posibilitan. En las estaciones cálidas se suman más amigas.
En ocasiones, siento un bloqueo creativo o tengo sed de afinar mi escritura. Entonces, me anoto y participo en cursos de literatura.
Siempre dedico un tiempo a elegir lo que me representa en la publicación en redes sociales.
Entre todo eso, en el antes, durante y después, intercalo mis escrituras. Una pugna entre los sueños de Libertad y de Susanita, que a veces también me habita. No todos entienden que para escribir se necesita un espacio y un tiempo propios, y atención plena.
Desde mediados de diciembre, sobrevino una pausa en mi incubadora de ideas, siempre latentes, en bullicioso contenido. Pasaron dos meses del verano, y algunos pocos días del otoño.
Enfoqué mi atención en mis actividades de anfitriona, y en la inmersión en la tierra y en la vegetación del jardín que rodea las cabañas.
Este año disfruté las visitas de mis amigos y mis hijos con sus parejas, que se alojaron en ambas, acompañándome muchos días.
Una noche cálida y luminosa de febrero, fui a escuchar música, rock argentino y otras melodías del mundo a una confitería local. Las interpretaba, junto a canciones de su autoría, un músico sanmartinense. Invité antes a una amiga que ese día no estaba con ganas de salir.
Sin esperarlo, a estas alturas de mi vida, en este pueblo poco habitado, encontré a alguien que también esa noche acudió solo. Nos ubicaron juntos en la pequeña mesa redonda que me habían reservado, luego de que él pasara todo el verano junto a la barra. En la charla reveló interés por la música y las lecturas. Hizo alardes de ciertos viajes, sin contar como sí lo revelara semanas después, que todos ellos nacieron de las actividades laborales que desarrollaban, alguna de sus dos ex esposas. Esbozó, ante mi pregunta, que de la última se separó por la poca atención que ella le brindaba.
Probé, y me permití por un lapso, conocerlo.
Ante sus avances precipitados, eludí, por enésima vez mi instinto y mi intuición que enseguida me alertan primero hay que saber de buena tinta cómo es el universo del otro, lo cual lleva tiempo. Me dejé llevar por la chispa inicial, y por las atenciones mutuas que, como un flash velan la mirada.
Y así, de pronto, me encontré otra vez, “jugando a la casita”, agasajando a mi pretendiente en mi faceta de cocinera el noventa por ciento de las noches y fines de semana, pasando por alto algunas banderas rojas (red flags le dicen, ahora) que no es ocasión de aclarar. Me descubrí dejando de ser, en buena parte quien soy, en la complacencia de esperar si la situación mejoraba, con los días.
Mi cuerpo empezó a dar señales de alerta: dolor en la planta del pie igual a… pérdida de la estabilidad de mis ritmos; un intenso malestar en la mandíbula tras fracasar al expresar lo que sentía sin ser escuchada, en prisión de lo callado; la piel del rostro más sensible, ante el sistema nervioso detonado. Insomnio. No me oía. Y me auto desoía. Dejé de habitarme.
De qué va, en la plenitud de los cincuenta y tanto, una relación nueva, si la seducción eclipsa los proyectos en ciernes, las palabras no circulan ante un tema espinoso, el silencio hermético socava el débil vínculo, el sueño otrora expandido en la extensión de mi cama, se reduce y desconcierta en la presencia de una estampida de ronquidos que pinchan los oídos, y de resoplidos que asfixian; los ritmos de otro que invaden los tiempos y espacios propios y sagrados. Un otro que plantea la no convivencia, y de repente… llega a toda hora, todos los días; y le molestan ciertas independencias como puede ser la de viajar sola. Dice Darío Sztajnszrajber que "para que haya fuego es necesario el aire".
Pienso que, en un vínculo que se construyó a lo largo de años, y donde prima el afecto, si el otro empieza a roncar o incluso no coincide en hobbies como caminar, se habla, se negocia, o se atiende desde la salud, o se elige dormir en otro cuarto. Si acordaron convivir, después de tanto tiempo y de un vínculo sólido, se le busca la vuelta.
La dueñidad, es nueva forma de aceleración y concentración de una esfera de control de la vida (…), esgrime Rita Segato en sus estudios antropológicos de género. Es decisivo
que los hombres comprendan que las mujeres han cambiado, que ya no aceptan ciertos mandatos, ni comentarios o valoraciones machistas.
Es innegociable, en esta etapa de plenitud, que la seducción no eclipse cada proyecto.
En la alegría inicial de contar repentinamente con un compañero, justo en la etapa más social de mis vivencias del verano, dado toda la gente que afluyó a mi casa o en las salidas a comer fuera, sucumbí, no sin ruido interno, en la idea de nombrar la relación al presentarlo como mi compañero de vida, o novio. Lamento la apresurada carátula. Como Alicia en el País de las maravillas o Anne de las Tejas verdes, suelo dar rienda a mi “muchosidad”, esa intensidad de emociones que me nubla la razón, cuando las señales se fueron visibilizando.
Me di cuenta a tiempo, de lo que socavaba, entre muchos aspectos, mi innegociable paz.





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