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Horizontes

  • Marie
  • 25 mar
  • 4 Min. de lectura

Cuando nieva en Moquehue, los días se tornan mansos. Todo es presente.


En las primeras horas, solo quiero contemplar la magia exterior, y sentir la paz interna. Los ritmos se acompasan. El silencio envuelve al pueblo. Mi alma se aquieta. En esta pausa que amo, tiendo mis raíces, por el lugar.


Copos de infinitas formas acarician la tierra. La tapizan con una capa delgada. Por momentos, mientras caen, parecen plumas. De pronto, líneas de delicadas acuarelas. Cuando el viento los hace revolotear, cambian de dirección, se inclinan. Ningún copo es igual a otro. En mapudungun, la lengua mapuche, a la nieve se la llama Piré. Y en su geometría sagrada, asemeja una flor, Rayen. Pire Rayen, flor de nieve. Los copos caen, sin detenerse, unos tras otros, con suavidad. El manto se eleva. Cada tanto, las paredes de las casas irrumpen, en lejanías, con vívidos tonos, este paisaje en blanco y negro. En contraste, el cielo traza un horizonte colmado de grises.


Las araucarias realzan siluetas erguidas sobre la cumbre de las montañas. En el llano, los “choros”, corteza rugosa y resquebrajada del tronco de los pehuenes, se embellece cuando la nieve se les incrusta.


Los pinos ponderosa y murrayana alcanzan una impronta mágica. Consiguen enaltecer su imagen, aun cuando la gente del lugar no los quiere. Fueron traídos e implantados para salvar la tala de araucarias, en tiempos de los antiguos aserraderos. Y se extendieron por el territorio, pugnando espacios con las plantas autóctonas.


En los caminos, los contornos se desdibujan. Algunos vecinos que recorren las rutas, comparten fotos del viento blanco, en las redes comunitarias. Estamos atentos. Quienes viajen asumirán considerar algunos cuidados en esta época.


Cuando la nieve se derrita, nutrirá las vertientes de arroyos, ríos y lagos. Un alivio, ante los incendios que surgen en épocas de sequías, a veces por descuido de la gente. Este invierno, las nevadas escasearon. Por eso a ésta, la recibimos con ansia.


Dejo de mirar por la ventana. Poso mis ojos en la foto adherida a la heladera, con un imán.  Allí están mis hijos, cuando pequeños, en aquellas vacaciones en El Frutillar, en el sur de Chile.  Joaquín bebe agua de un vaso. Sebastián, se levanta la remera y se toca la panza. Diego da sus primeros pasos aferrándose a un sillón. El ambiente que los rodea es cálido. Estábamos alojados en una cabaña soñada. En aquel momento, me dije:

 -Me gustaría vivir en una igual.


Hoy es un frío lunes de agosto. La vida me encuentra en esta cabaña, similar a aquella, en una mágica aldea cordillerana de la provincia de Neuquén. Moquehue, joya escondida en lo alto de las montañas, entre lagos de origen glaciar y bosques exuberantes.

A las tres de la tarde, salgo al amplio jardín. Las ramas y brotes prematuros de los ñires, sin hojas, revelan su encanto al teñirse de blanco. Protejo a los pequeños árboles autóctonos, coihues, maitenes, lengas, raulíes, robles pellín y radales, con grandes bidones de agua reutilizados. Busco la carretilla en el galpón. La cargo con leña que llevo hacia la casa. Introduzco los troncos en un gran baúl de madera en el estar. Reactivo el fuego de la estufa, en combustión lenta.


Me cobijo en la cabaña. La cocina-comedor junto al estar adoptan la forma de una L. Es un espacio de ambientes que se unen, dotados de amplios ventanales. Todo el día ingresa la luz del sol.


En la única mesa de madera del comedor, escribo borradores para la novela. Por instantes, las palabras fluyen en las hojas. Se unen formando un tapiz, similar al de la nieve sobre la tierra. Escribir y ver a la nieve caer son dos bálsamos.

Hago una pausa.


Cruzo a la otra cabaña, la de alquiler turístico. Es un espacio pequeño y mágico, del cual soy anfitriona, en las estaciones cálidas, desde hace un año, después del jubileo. Puse tanto amor y creatividad en mi proyecto. Llevo seis años creándolo. Miguel, el albañil, está haciéndole mejoras. Coloca azulejos de color blanco, con una textura de flores en sobre relieve, arriba de la pared del bajo mesada. Soluciona el congelamiento de las cañerías, ubicadas hacia el sureste, la zona más fría, envolviéndolas con un cable calefactor. Este invierno las heladas caen con mayor frecuencia e intensidad.


Las casas tienen alma y corazón. Depende cómo se las habite, vibran. El jardín requiere paciencia en sus procesos. ¿Será por eso que me gustan tanto, las casas y los jardines? Les dedico tiempo. No puedo dejar de decir que mi padre, también amaba construir, decorar casas, cuidar jardines, la lectura y los horizontes cordilleranos. Su legado perdura en mi sangre, en mi fuerza vital, en el amor a esta tierra que me refugia, en las raíces que nos conectan.


               Marie


Este relato forma parte de la Antología lll "Neuquén es futuro" del Círculo de Escritores Neuquinos, edición 2026, editorial Instituto Cultural Latinoamericano, y de la Antología "El fuego que somos" edición 2026, editorial Ser Seres Ediciones. Todos los derechos de la autora reservados.

 

 

 
 
 

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